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Concertación: ¿Cuál es el pacto necesario?

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En un nuevo aniversario de la victoria del NO —fecha significativa— los partidos de la Concertación por la Democracia dieron a conocer a la ciudadanía un documento titulado Un nuevo pacto por la democracia. Buen documento. Imposible no hacerse parte de los temas allí tratados y del enfoque que se les ha dado. Es probable que, si hiciéramos un estudio al respecto, una mayoría abrumadora del país estaría de acuerdo con ellos. Sin embargo, ¿asegura esta plataforma la preferencia electoral de la mayoría? ¿Es este el documento central tras el cual se deben alinear las fuerzas de la Concertación para fijar su rumbo, tareas y discurso?

Estas preguntas tienen más de una respuesta. Es innegable que los temas enumerados en este nuevo pacto representan los intereses de las grandes mayorías, y también de la democracia en Chile. Sin embargo ¿son los partidos de la Concertación los mejores representantes de esos temas hoy? Y, cavando más profundo, ¿Son los partidos de la Concertación los mejores representantes de la ciudadanía hoy?

Representar los intereses, necesidades, anhelos y sueños de la gente es la piedra angular de la política en democracia. Esta representación no se logra siendo sólo el espejo de los grandes temas. Se logra cumpliendo dos condiciones: Primero, proponiendo soluciones que estén íntimamente ligadas a la vida de las personas, a su cotidianeidad. Y segundo, hilando estos temas en un relato que represente no sólo las necesidades, sino también los “sentires” de la ciudadanía.

En estos últimos veinte años, han cambiado muchas cosas en Chile. Además de los celulares, de Internet, del Transantiago y de los LCD, ha cambiado la gente. En muchos aspectos, estos cambios han sido producto de los gobiernos de la Concertación. No sólo por el lado del crecimiento económico; también en la forma que nos relacionamos con el poder y entre nosotros mismos. La larga agonía de la transición terminó pariendo un mundo nuevo.

¿Cuáles son las claves de este nuevo panorama? He ahí la pregunta central. El punto es a quién hacemos esta pregunta. Hoy —a diferencia de lo que se hacía antes— no se saca mucho con convertir esta cuestión en materia de discusión de partido. Las respuestas no están ahí. Mucho más se sacaría con preguntar su opinión a las familias domingueras que recorren un mall de Maipú, Antofagasta o Chillán. O en las estaciones del Metro. O en Iloca terremoteado.

A lo mejor los temas tocados serán los mismos. La gran diferencia es que veremos esos mismos temas desde el punto de vista de la gente, desde el ángulo en que ellos lo viven. Y eso hace una gran diferencia. Porque si somos capaces de expresar esos grandes temas desde el punto de vista de la gente, desde su forma de vivirlos y sentirlos, estaremos mucho más cerca de ser reconocidos como sus representantes legítimos.

Pero eso no basta. La verdadera clave para poder erigirnos una vez más en los reales representantes de la mayoría de los chilenos, está en ser capaces de convertir esa enumeración de temas en un relato coherente acerca de un futuro posible. Hoy, se hace mucha burla de la promesa “…la alegría ya viene”. Sin embargo, en el mundo que se vivía en 1988, esa era una promesa válida que —en muchos aspectos— se cumplió con creces.

No se trataba sólo de encontrar un slogan genial. Ese slogan era bueno porque era la síntesis de un relato mucho más extenso y coherente. Un relato que fue capaz de despertar la imaginación de millones de chilenos, de hacerlos superar su miedo, su apatía y su escepticismo frente al cambio. Que fue capaz de convencerlos que valía la pena levantarse el 5 de Octubre e ir a votar. Que esa era el arma más eficaz contra el terror, el abuso y la falta de libertades. Que era posible un mundo nuevo donde se respetaran los derechos de todos.

Es muy importante identificar los temas en los que el país debe avanzar, así como las amenazas que pueden hacer que ese avance se detenga o tome un rumbo no deseado. También es importante demostrar que somos capaces de proponer soluciones y llevarlas a cabo en forma eficaz. Pero —en este momento preciso—, más importante aún es ser los narradores de un nuevo relato. De un relato que dé cuenta leal del mundo que hoy vivimos y de sus posibilidades de mejorar.

Y no hacer ese relato hacia la gente. Hacerlo desde la gente. Ser capaz de unir todas las piezas del rompecabezas que constituyen las medidas propuestas en la declaración de la Concertación y reformularlas, de manera de crear con ellas una promesa creíble de que un mundo mejor es posible. Un mundo mejor que sea palpable y reconocible desde la ventana de cada hogar.

Ese es el camino del retorno: Demostrar no sólo que somos capaces. Demostrar también que esa capacidad está al servicio de volver a ser los representantes de los chilenos de este mundo nuevo, que la Concertación ayudó a crear, pero que hoy parece no entender.

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Foto: UnmardeLicencia CC

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12 de octubre

La Concertación nació al alero de un relato noble y potente: recuperar la democracia y hacerlo bajo el principio de la no exclusión y la no venganza.
Ese relato y las acciones que inspiró constituyeron la fuerza moral que dio impulso y pegamento a la idea y convocó a un amplio espectro de chilenos convencidos de que la política podía ser más que una lucha por el poder..
Pero cumplido el relato y demostrada su capacidad de gobernar y resolver los principales problemas de la transición, sólo quedó el andamiaje de poder sin una nueva inspiración.
Armar el relato del mundo nuevo que se está configurando, devolver la inspiración y la nobleza a un actuar político desgastado por el cinismo de la lucha por el poder es imprescindible para seguir siendo una alternativa de progreso y evolución del país.

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