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Más Metro es igual a más democracia

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Ante la escasa inversión que presenta Santiago en relación al desarrollo de espacios públicos de calidad uniforme a lo largo y ancho de la urbe, con los años el Metro se ha instalado como un instrumento fundamental a la hora de democratizar la calidad de la ciudad

El Metro de Santiago tiene una bien justificada fama basada en su calidad. Esto le ha permitido lograr cierta competitividad a nivel mundial. Su efectivo rol como eje de conectividad para esta metrópolis latinoamericana se suma a otro aspecto de gran valor, que es la calidad de sus espacios interiores y el aporte al entorno inmediato que realizan a través de algunas de sus estaciones. En cuanto a la calidad de Metro como obra pública, y en comparación con otros sistemas de trenes subterráneos en el mundo, existen razones para enorgullecerse, principalmente porque la propuesta arquitectónica de algunas estaciones de Metro son interesantes y aportan una experiencia positiva a sus usuarios.

Para hacer algunas comparaciones, el Subway de Nueva York aparece como un sistema de conectividad efectivo, pero antiguo; donde el aspecto casi industrial de sus estaciones, y el escaso aporte público que realizan en superficie, difícilmente puede competir con lo que genera nuestro sistema en cuanto a calidad espacial. El sistema neoyorkino comparte similitudes con el metro de París, solo que el ejemplo francés presenta estaciones más limpias y aparentemente más seguras. Por su parte, el Underground de Londres es altamente funcional, tal y como lo indica su apodo de “el tubo”,  siendo un sistema complejo de cañerías que cubren gran parte de la ciudad, sin mayores pretensiones en relación a su calidad espacial interior de las estaciones. No obstante, la salida a la calle de las estaciones de Metro en Londres difícilmente pasan inadvertidas, ya que siempre están signadas por un edificio estación que en ocasiones son obras superlativas como St. Páncreas o Liverpool; en este ultimo aspecto el “Tube” se parece al Metro de Santiago, aunque por cierto, a otra escala. Cuando comparamos estos casos a nivel mundial con nuestro sistema, salimos perdiendo en un aspecto fundamental: la cobertura. Las redes de metro en estas ciudades no necesariamente son mas bellas que las nuestras, pero abarcan gran parte de la ciudad, lo que en general se complementa con trenes de superficie para trasladarse hacia zonas mas lejanas de los centros urbanos.

Hay un aspecto democratizador del Metro santiaguino que no puede ser ignorado, y en torno al cuál me gustaría proponer una reflexión que involucra tanto la cobertura, la calidad de los espacios públicos y las implicancias sociales que articula este sistema de transporte.

Ante la escasa inversión que presenta Santiago en relación al desarrollo de espacios públicos de calidad uniforme a lo largo y ancho de la urbe, con los años el Metro se ha instalado como un instrumento fundamental a la hora de democratizar la calidad de la ciudad,  y quizás el elemento que mayor impacto presenta en ella tanto a nivel de obra construida, activación del entorno, valoración del suelo y mejoramiento para la calidad de vida. Metro a lo largo y ancho de Santiago ofrece un espacio digno, bien cuidado y seguro donde encontrarse, lo que no es muy común de encontrar en todas las comunas. Es claro, Santiago no tiene estaciones de Metro descuidadas, siempre están limpias, bien diseñadas (aunque no necesariamente bellas), ordenadas, seguras. Es uno de los pocos elementos de nuestra configuración urbana que presenta gran calidad tanto en Las Condes como en Maipú. Si bien existen excepciones dadas por algunas estaciones elevadas que poco ayudan a construir belleza en el paisaje urbano (Vicuña Mackenna por ejemplo), esta red a medida que crece aumenta la disponibilidad de espacios públicos de calidad para los Santiaguinos, sin importar el barrio, condición social o nivel de ingresos.

En ese sentido y considerando que el control político de la empresa Metro S.A. esta altamente influenciada por el fisco, los proyectos que se han anunciado para los próximos años debiesen consolidar su rol democratizador de la calidad de la ciudad. Resultaría un gran aporte a la construcción de una mejor ciudad si se apuesta por innovar en el diseño urbano de sus estaciones nuevas, a la vez que se promueve la inversión en espacios públicos para las estaciones antiguas. Para esto se puede operar mediante concursos de ideas, incluir a universidades y colegios profesionales en el desarrollo de obras, y principalmente  incorporar a la ciudadanía en los procesos de toma de decisión, lo cual además aumentaría el sentido de pertenencia que los santiaguinos tienen con sus estaciones.

Instalar en el lenguaje colectivo la idea de “nuestra” estación de metro, en vez de una desidiosa definición de “la” estación de metro de mi barrio. Ahora, si a esto se agrega una estrategia similar a la desarrollada en Medellín, donde además de estaciones de transporte público de alto impacto en la calidad urbana, se instalaban obras públicas como bibliotecas o consultorios, ya estaríamos hablando de un sistema integrado de servicios públicos cuyas únicas consecuencias esperables son positivas para todos. Quizás sería importante partir por generar intervenciones de espacio público coordinadas y articuladoras con Transantiago, en busca de mejorar e integrar la red de transporte público no solo mediante su funcionamiento, sino a través de su aporte al espacio urbano. Sería importante que Metro y Transantiago compartieran más que una Tarjeta Bip, sino que también un espacio continuo y fluido.

Es de esperar que lo urgente nos deje tiempo para lo importante, lo que se traduce en usar altruistamente la inversión en infraestructura publica,  apuntando a lograr transformaciones integrales en la forma en que percibimos lo urbano y en como nos movemos. Mas y mejor Metro nos conduce sin dudas hacia la construcción de una ciudad mas inclusiva, generosa. En el fondo, hacia una sociedad más democrática.

 

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