L@s olvidad@s: comercio sexual en las calles de Santiago
Algunas de ellas son travestis o transexuales; algunas, las más viejas son chilenas, pero en su mayoría son lolitas extranjeras, cuerpos exóticos de Perú, Colombia, Ecuador y otras latitudes más cálidas, cuerpos extraños, mujeres muy velludas, traseros y senos duros de silicona industrial, piernas largas

Escribo esta columna como vecino de la comuna de Santiago, y residente en uno de los barrios rojos de la capital.

Son las 7 PM, es invierno, hace frío y está oscureciendo. Los tacones comienzan a resonar por las calles que de a poco se vacían. Los únicos comercios que siguen abiertos son los almacenes, que cerrarán a eso de las 9, y los cafés con pierna de 10 de julio, que cerrarán entre las 11 de la noche y las 1 AM.

No pasa mucho tiempo y ya casi todas las esquinas en cinco cuadras a la redonda tienen a lo menos, una o dos trabajadoras sexuales. Algunas de ellas son travestis o transexuales;  algunas, las más viejas son chilenas, pero en su mayoría son lolitas extranjeras, cuerpos exóticos de Perú, Colombia, Ecuador y otras latitudes más cálidas, cuerpos extraños, mujeres muy velludas, traseros y senos duros de silicona industrial, piernas largas, a veces velludas. Y comienza el carrusel de las putas a eso de las 8 PM: los autos, desde los más lujosos Audi hasta furgonetas utilitarias y Marutis se dan vueltas por las calles en busca de algún amor pagado.

El carrusel no para en toda la noche. Los hombres que conducen son dispares: algunos de ellos son flaites; otros son hombres de terno, de cuello y corbata, decentitos y bien peinados; otros son taxistas con las luces apagadas; algunos van de a dos; algunos van con cara de susto, con miedo de que quizás su familia los pille. Las prostitutas no discriminan clases sociales ni estado civil: mientras los clientes tengan auto no tienen problema en hacerle sexo oral (a veces llegan a más, siempre dejando el condón de rigor al costado de la acera o en la puerta de alguna casa o cité como prueba de la transacción). No tienen problemas en tener sexo en la calle, dentro del auto, bajo un tenue farol amarillento o en la más oscura de las penumbras.

Y el carrusel sigue y sigue y a cierta hora uno ve a los cafiches girando en sus autos blancos, andando en bicicleta o llegar tranquilamente caminando. La mayoría desde un café con piernas, muchos de ellos con droga y armas. Los cafiches llegan, inspeccionan la mercancía y entregan alcohol, pasta base, cocaína si hay suerte. Los clientes ni se inmutan.
A cierta hora el ritmo de clientes baja, el efecto de las drogas y el alcohol también. Muchas prostitutas, antes jubilosas ahora expresan su rabia gritando mientras los vecinos duermen. A veces se juntan en grupos y cantan, pelean o conversan de una esquina a otra. Los vecinos las intentan ignorar o llaman fútilmente a los inspectores municipales para que las corran. Carabineros dejó de aparecer cuando se los llama. Todas tienen necesidades y mean sentaditas en murallas, puertas, árboles y calzadas. Algunas también cagan, y dejan su regalo adornado con papel higiénico o algún condón ensuciado.

A las putas nadie las quiere. Hace un tiempo los vecinos de más al norte se organizaron para correrlas y llegaron a mi sector, que antes era tranquilo. El ex alcalde Zalaquett, tan católico, tan decentito, dio muchas patentes de cafés con piernas. Ahora Tohá los ignora, los deja ser. A veces cada tanto uno tiene la fortuna de mirar detrás de los vidrios negros y ver cuerpos adolescentes, adivinar un posible caso de pederastia, de trata de blancas. Uno ve a las niñitas extranjeras desfilar desde los cafés donde son bailarinas hasta la esquina donde se convierten en la puta drogadicta. Los vecinos las odian, las quieren correr, y al municipio sólo le importa el dinero de los cafés. Del ministerio de Salud se sabe poco, lo mismo de Carabineros, que está más ocupado apaleando estudiantes que frenando el creciente tráfico de drogas que se está desarrollando en los alrededores de Av. Matta.

En el barrio todos saben que hay casas de putas más caras, algunas niñitas. El departamento de calle Lira con Coquimbo, donde cayó tanta gente famosa, es sólo uno de muchos que hay por acá. Sólo uno de muchos donde la gente famosa y con dinero come, ríe y se acuesta con lolitas y lolitos. Caras o baratas nadie se preocupa de las putas más que los clientes, por un rato, las disfrutan y se van. Nadie les da un techo, nadie se preocupa de sus condiciones sanitarias (ni las de los vecinos), nadie se preocupa de las drogas ni la seguridad ni los derechos humanos de las vecinas que nadie quiere tener. Y como nadie quiere tenerlas ya las sacaron de El Golf, donde molestaban a la modernidad. Ahora los autos de allá vienen un poco más lejos, a los rincones escondidos del viejo y descuidado Santiago centro, donde las familias callan y el municipio también, donde el gobierno no se mete y las putas pueden sentarse a llorar, borrachas y drogadas en la esquina de mi casa.

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Camilo Ariel García

Ex vocero -por corto periodo- de los secundarios de la RM y de los estudiantes de colegios privados, columnista ocasional, activista de MUMS y miembro de Revolución Democrática. No tengo pelos en la lengua. Tengo complejo de ventilador.