#Chile 2030

El Chile que heredará mi hijo

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Tengo un hijo de 4 años y medio, lo veo entusiasmado con su proceso educacional -en un colegio particular subvencionado, $70.000 de mensualidad-, no tiene idea de que a su edad hay niños aprendiendo más de dos idiomas, en clases de ballet, natación o tenis. No quiero que tenga idea de esas diferencias abismales que hemos establecido, diferencias de vida y diferencias de clase; porque a pesar del miedo que le profesamos al discurso de la lucha de clases, no demoramos demasiado en asumir que estamos inmersos en la eterna disputa por el ascenso social y por dejar de ser pobres ante los ojos de la gente y distinguirnos de la “otra clase” -sean los ricos o los pobres-.


Heredemos a nuestros hijos un país sin complejos, una sociedad menos humillante y arribista, un entorno sano y feliz, una educación pluralista y rica en diversidad, capaz de sentimientos sublimes y de emocionarse con la simpleza de una melodía, un olor, un sabor o un abrazo.

Pensando en el país que heredará mi hijo, sueño con la posibilidad de equiparar estas diferencias horrorosas, con la oportunidad de acceder en mayor medida y de mejor manera a un sistema educacional digno de nuestros niños, digno de su creatividad e inteligencia; que les permita desarrollarse de manera íntegra, armónica y feliz, lejos de la competencia, lejos de las ambiciones, y mucho más lejos de la mediocridad en que los dejamos caer cada vez que los uniformamos y tratamos de disciplinarlos con rigor militar. Porque cuando hacemos eso, estamos arrancando de raíz sus expresiones de diversidad, de tolerancia y respeto por el otro, de libertad plena y derechos que nuestros hijos deberían gozar sin restricciones.

El Chile del futuro, a mi juicio, debería centrar su atención en la educación informal, en aquellas enseñanzas que los niños y jóvenes reciben fuera de las aulas, esa educación que podríamos resumir en un montón de valores y enfrascar en un molde, cuya esencia fundamental es el amor con que hablamos y formamos a nuestros hijos: la dedicación permanente, la capacidad de escucharlos activamente, con todos los sentidos en las cosas que ellos tienen para decir. A futuro, sueño con la idea de las escuelas para padres, donde si bien es cierto no hay recetas milagrosas y nadie es dueño de la verdad, sí se entregue orientaciones a los miles de padres y madres adolescentes que, por diversos motivos, siguen trayendo hijos a esta tierra sin tener idea siquiera de cómo limpiarse su propia nariz. Dediquémonos a ellos, a conversar sobre sus actos y sobre sus motivaciones, a orientar sobre los caminos posibles para educar a los hijos.

Porque quiero y sueño que mi hijo herede un país menos injusto, menos violento, menos ignorante, menos mediocre, menos triste, menos reprimido; más justo, más cariñoso, más inteligente y creativo, más informado, más alegre y, por sobre todo, un país donde los niños de hoy se sientan más amados, más escuchados, más libres y más felices.

Sueño todos los días con ello y siento que trabajo también todos los días para ello, siento que voy contra la corriente cuando le digo a mi hijo que en el colegio y en la vida no se golpea a los demás, cuando decido dejarle el pelo largo, cuando no elijo el mejor colegio de la ciudad sino el que tenga más espacio, aire puro y áreas verdes. ¿Vamos contra la corriente cuando nos alegramos al escuchar a nuestros hijos contar que vieron un colibrí en el patio del colegio? La herencia para nuestros hijos no puede ni debe ser la competencia eterna, sucia y desleal en la que nos envuelve el actual sistema educacional, lo más valioso que heredamos a nuestros hijos es la inagotable capacidad de detenerse a mirar el cielo, las estrellas, sorprenderse con la luna llena, emocionarse cuando huelen una flor y agotarse hasta el desmayo corriendo por el campo o a la orilla del mar, cantando a todo pulmón, pintando el piso y las paredes de la casa, abriendo los brazos y aspirando el aire tibio de los días lluviosos.

Heredemos a nuestros hijos un país sin complejos, una sociedad menos humillante y arribista, un entorno sano y feliz, una educación pluralista y rica en diversidad, capaz de sentimientos sublimes y de emocionarse con la simpleza de una melodía, un olor, un sabor o un abrazo. Heredemos a nuestros hijos un sistema educacional integral, centrado en la libertad y en la libre expresión, no continuemos en esta lucha sin sentido por diferenciarnos y crear abismos entre seres humanos, por militarizar la enseñanza a nuestros niños, no quedarnos en el pelo corto y el uniforme limpio. Yo quiero que mi hijo tenga el pelo largo, el uniforme embarrado por disfrutar con los amigos de un recreo largo en el patio del colegio, quiero que aprenda a convivir en armonía con los otros, lo quiero libre y feliz, en un Chile más justo y entero, sin divisiones absurdas.

TAGS: #SociedadChilena Calidad de la Educación Ciudadanía Especial 2030

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Comentarios

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17 de septiembre

¡Vale la pena ir ccontra la corriente, vale la pena luchar por ese Chile mejor. Es duro, utópico, incluso, pero vale la pena. Gracias por compartir tu sueño.

20 de septiembre

Una columna que llama a lo mas profundo de nostros, conmovedora y muy altruista. La felicito sinceramente.

Saludos

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